Ya escribí sobre ellos en Creer para ver – Cibertortura. Pero en mi caso, en el piso de arriba vive una mujer discapacitada. Es imposible que alguien así esté haciendo lo que yo digo que me está pasando a mí. No puede ser. Y nadie creerá jamás cuanto diga. Es que ni yo mismo lo creería si se lo escuchase a alguien y viese a esa mujer. No puede ser. La única opción lógica es que yo esté inventándomelo por un brote psicótico. Es decir, una enfermedad mental. No hay otra salida. Lo que pasa es que no es así. ¿Porqué? Muy sencillo, ciencia. Lo de la enfermedad mental tendría todo el sentido si el medidor no midiera radiación, pero la mide. Con valores altos. Con valores extremos. Todos los días. Todas las horas del día. Cada día del año. Dicho de otra forma. No hay un solo día que no lo haya dejado de medir. Y esto ya lo hace un aparato científico que no se puede controlar. Es más que suficente.
No sirve para un tribunal. Ni siquiera para ir a la policía. Pero sí para establecer la cordura. ¿La razón? Los disparos son invisibles. El arma permanece en un lugar diferente a este piso. Por alguna razón, siempre hay personas en la habitación de arriba del piso colindante. Y andan tan rápido. Y con tacones. Que no puede ser esa señora. Incluso, cuando cambian de turno, pues son muchas horas, van descalzas. Se nota porque pisan fuerte el suelo. Esto es algo que se puede evitar, hasta cierto punto. Ya que es una costumbre adquirida. Y en algunas habitaciones más que en otras de este piso, retumban.
Personalmente tengo no sé si la ventaja o desventaja de irlo anotando casi todo, de forma manuscrita. Pero da igual. Siento una presión en la oreja derecha durante toda la escritura. Es extraño. Es cuando me pregunto cómo es posible leer lo que alguien está manuscribiendo desde el piso de arriba con radiación electromagnética. Vamos, usemos la mente. Lo que sí sé, es que vienen siempre. No el 99,9999%. El 100%. Sin excepciones. Y no vengo una sola vez al día a manuscribir. Lo de la radiación en la oreja varia. Cambia a un haz en la frente que baja hasta los pies. Multiplicando eso por cada día, podría sumar cinco veces. Por un año, son demasiadas. Por 2023, 2024, 2025, 2026. Es vigilancia activa. Necesidad. Obligación. Lo de pensar que es error mío quedó a un lado tiempo atrás. Son muchísimas veces de las que estoy hablando.
Pero nunca puedo ver quienes son. Cambian cada ocho horas. Se nota. Tras el almuerzo, yo quiero descansar y ellos parece que tomaron unas vitaminas alucinantes. Porque hace tanto tiempo que ni veo tele, ni duermo siesta como dios manda. No puedo descansar. Ya no. Vienen nada más tumbarme. Ponen el haz sobre mí. Y no para. Me pinchan. Soy una diana viviente. Pero todo es invisible.
Las fuerzas de seguridad no están preparadas. Los servicios de salud no están preparados. Nadie. Ninguno se ha leido el documento del anterior Relator de la tortura de las Naciones Unidas donde se recomendaba que se les formara, a todos ellos.
Lo que sí han recibido todos ellos, son señuelos. Para mirar a otro lado. Para que se distraigan de lo que realmente está pasando. Para que cuando tengan delante una situación real tan inconcebible como esta, la deriven a salud mental.
Y a una persona que está siendo ya destruida por unos criminales de lesa humanidad cada segundo del día. La destruyan aun más, los miembros de los cuerpos de seguridad que están ahí para protegerte de esto, del sistema de salud y del sistema legal.
Pero todos juntos unos activamente y otros de forma indirecta (o quizás no) forman parte de la misma ecuación.
Mientras, continua la tortura electrónica, el asesinato invisible.
